

Vivía en
el delivery.
Casi 150 kilos. Mala relación, vida monótona: trabajar, jugar videojuegos y comer. Pura ansiedad. La comida era mi refugio — mi droga socialmente aceptada.
Un día me subí a la balanza. 142.6 kg. No fue épico. Fue solo un susurro: “ah, así que esto es tocar fondo.”
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