Tenía 30 años y vivía en piloto automático: trabajar, jugar videojuegos, pedir delivery, dormir. Repetir. La comida no era comida — era mi refugio. Era la única cosa del día que me hacía sentir bien durante quince minutos, y la pagaba durante meses.
No hubo un momento épico. No me dijeron que me iba a morir, no hubo una foto viral que me destruyera. Solo me subí a una balanza un día de febrero de 2024.
142.6 kg. Y en mi peor momento llegué a rondar los 148. No sentí rabia ni motivación de película. Sentí algo mucho más tranquilo y mucho más útil: «ah, así que esto es tocar fondo.»
Lo que no funcionó (durante años)
Antes de eso probé de todo, y quiero ser claro porque es la parte que casi nadie cuenta: fallé muchísimas veces. Dietas de dos semanas. Enero de gimnasio. Prohibirme el pan. Comprar la app cara y no abrirla nunca. Cada intento empezaba un lunes y terminaba un jueves.
El patrón siempre era el mismo: buscaba la dieta perfecta en vez de un cambio que pudiera sostener. Y cuando la dieta perfecta se rompía — y siempre se rompe — usaba eso como prueba de que yo era el problema.
Lo que sí funcionó
Lo primero que hice bien no fue dejar de comer. Fue medir. Anoté durante un día todo lo que me entraba a la boca, sin cambiar nada. El total me dejó frío: 4.850 calorías. No estaba «comiendo mal». Estaba comiendo dos veces lo que necesitaba, y no tenía ni idea.
A partir de ahí todo se volvió aburrido, y por eso funcionó. Nada de esto es un secreto:
- Déficit calórico. Comer menos de lo que gasto. Es lo único que baja la grasa — lo explico completo aquí.
- Caminar, no correr. Unos 10.000 pasos al día. Pesando 148 kilos, correr era una lesión esperando su turno.
- Proteína. Entre 1.2 y 1.5 g por kilo de peso. Me mantenía lleno y cuidaba el músculo mientras bajaba.
- Pesas, con cabeza. Entré al gimnasio muerto de vergüenza y empecé por las máquinas — esa historia está aquí.
- La cabeza primero. La obesidad no se cura desde el cuerpo. Si no cambias por qué comes, el peso vuelve.
Ah, y una cosa que a mucha gente le rompe el esquema: bajé 60 kilos comiendo casi cero verduras y casi cero fruta. No es un consejo ni un truco, es una limitación real que tengo desde niño. Lo cuento porque demuestra el punto: lo que manda es el déficit, no un alimento mágico. Aquí está el detalle honesto.
Lo que no te voy a vender
Sin título. Con prueba. No soy nutricionista, no tengo un diploma que colgar y no voy a fingir que lo tengo. Soy un tipo de Lima que estuvo muy gordo, que se metió en el tema con obsesión durante dos años y que anotó todo lo que le fue pasando.
Por eso no vas a encontrar aquí «baja 10 kilos en 10 días», ni un té, ni un suplemento milagroso, ni fotos con la luz arreglada para que el antes se vea peor de lo que era. Las fotos que ves son las mías, sin retocar el cuerpo.
Tampoco te voy a decir que fue rápido ni que fue fácil, porque sería mentira y porque esa mentira es exactamente la que me tuvo estancado años.
Dónde estoy hoy
Peso 86 kilos. Entreno con pesas, camino todos los días y sigo pesándome a diario — pero miro la tendencia de la semana, nunca el número de un día suelto.
También tengo piel suelta, y no la escondo. Es el precio real de bajar 60 kilos y nadie te lo cuenta cuando empiezas. Escribí sobre eso sin adornos aquí.
Y sigo teniendo días malos, ansiedad y ganas de pedir delivery. La diferencia es que ahora tengo un sistema en lugar de fuerza de voluntad.
Por qué escribo todo esto
Cuando yo empecé, casi toda la información útil venía de gente que nunca había estado gorda. Consejos correctos, pero escritos desde un lugar que yo no reconocía. Nadie me hablaba de la vergüenza de entrar a un gimnasio pesando 148 kilos, ni de qué haces cuando son las 11 de la noche y la ansiedad gana.
Esto es lo que a mí me hubiera servido: lo que aprendí, contado por alguien que sí estuvo ahí. No es un método secreto. Es lo que hice, con sus errores incluidos.
La prueba, no la promesa.